20/2/12

Microcuento:3012

Fue el siguiente paso en la evolución. Se nos prohibió expresar y ahora no tenemos cara.

15/2/12

Reconstrucciones

Despertó, los ojos se abrieron impresionados para contemplar el alarido que llenaba la habitación. Recorrieron todos los rincones siguiendo su rastro hasta que comprendió que aquel grito, que la había despertado, provenía de su garganta. Entonces lo logró callar.

Sábanas blancas y cortinas raídas, habitación de hospital. En el mismo momento que le afloró la memoria su cuerpo se negó a respirar. Bocanadas de aire mientras sus manos se clavaban en las mantas, ningún recuerdo limpio al que aferrarse. Espasmos abdominales mientras la conciencia no dejaba de castigar. Entró el personal del centro y le chutó un tranquilizante: “Eres valiente y te pondrás bien, solo has perdido el corazón.”

De repente, la tormenta se hizo calma. Las bombillas le calentaban la cara y el color de las paredes se extendió. Hizo de su cuerpo un ovillo y apretó la frente contra la almohada. Logró llevar a sus ojos el nuevo grito que le nacía en la garganta y, exhausta, asimiló: “He vuelto a hacerlo, ahora tendré que construirme otro corazón.”

Liviana, a veces siente que la gente la mira extraña mientras ella observa. Va tomando medidas de los cariños que la gente se regala, de los afectos con los que se compensan para convertir las situaciones en más mundanas. Ella aprende y recuerda que, una vez, también sintió una caricia así en la cara. Que, en alguna ocasión, también recibió aquella buena palabra pronunciada con ternura o con pasión.

Y así, día a día, ella se llena. Recoge esos pedacitos, y los junta con fuerza, para volver a construirse un corazón. Tiene mucho camino por delante.

18/1/12

De pieles y sabores

Me llamo Ramón Orgaz y llevo casi toda una vida dedicada a la cocina. Regento desde hace cuarenta años un restaurante en la parte vieja de Bilbao. Doce platos nuevos por temporada y sesenta empleados mantienen la fama que, con mucha lucha, hemos adquirido a lo largo de este tiempo. Los clientes más asiduos suelen decir que he nacido para esto. Pero no, yo sé que no nací, porque recuerdo perfectamente la época en la que me inicié…

Me crié en un pueblo pequeño, de esos que no tienen ni mucha ni poca gente, en cualquier punto del interior de una provincia mediana. No teníamos de todo pero no faltaba de nada. Cuando tenía doce años, mis padres, dedicados a la ganadería, abandonaban el pueblo los domingos para acudir a las innumerables ferias que hacían provechosos sus esfuerzos. Mientras, yo siempre me quedaba al cuidado de Azucena, hija de una vecina y empleada de la charcutería que teníamos debajo de casa.

Azucena tenía veintiún años. Rubia, de caderas generosas y unas mejillas eternamente sonrojadas, propias de sonreír al frio y soñar al calor de las brasas. Sus agradecidos escotes confundían y embriagaban siempre a los mozos que acudían a completar su vianda.

Ella tenía un juego cuando nos quedábamos solos. Al llegar la hora de la merienda, agarraba una tripa de sobrasada y se desnudaba. La apretaba poco a poco, dejando caer los trozos de carne rosada por su cuerpo, para que yo los lamiera después sin dejar ni la grasa. Con la práctica, ella aprendió la cantidad exacta de carne que soltar de la tripa para que yo estuviera determinado tiempo comiendo. Siempre su placer y mi merienda, ni sobraba ni faltaba.

Aquello duró algo más de un año, luego marchó con un militar que pasó por la tienda a comprar la cena. Desde entonces siempre recibo, sin remitente, alguna tripa de sobrasada a lo largo del año. Pozo Alarcón, Benicarló, Alburquerque…siempre diferentes. Con ellas sigo elaborando mis platos, pero por mucho que se aproximen, en ninguno he encontrado el sabor de su piel.

Por pedir perdón...

5/1/11

o sino da tataruga

De recuerdo, sólo eramos mares hambrientos. Aún en tierra seca. Agitandonos violentos en promesas sin tiempo, en pecados sin pena y en rencores sin recuerdo.
Por favor, ni en ausencia dejemos de serlo.

18/3/10

El hombre que perdió los verbos

Y el hombre que perdió los verbos comenzó a escribir porque achaba que las construcciones de sus frases já no ficaban con sentido. Y aunque mantenía la premisa de que las palabras no eran nunca nada, sentose en un resquicio soleado a hilvanar a sua conciencia depóis de un mes de enmarañarla y ficou sorprendido.

Oía los gemidos que venían del fondo de la cueva mientras estaba allí, tirado al Sol. Quizás era que le avisaban, quizás procuraban algum bem, pero no entendía del todo si pretendían que entrara o que no volviera a entrar.

Y ahí sólo tenía un trozo de papel con algo escrito, como un documento de identidad y a la vez una carta de recomendación, nunca acababa de comprender si era para el infierno o el paraiso.

Y jugaba vagamente, jugaba con ese trozo de papel en aquel resquicio. Con aquellas tres palabras que no sabían si eran de él, para él, pero obsesionado siempre con cumplir las promesas. Tentaba de facer uma composição, Perro no acababa de comprender si era qué era lo lindo. Tentaba con Paixão procurando no desmedirse, Perro el hombre que perdió los verbos ficaba en frustraçao, de no poder usar los matices de su mundo de Color y volvió a perdir miradas donde no llegaban las palabras.

Y allí ficou jugando con sus tres palabras cuando el Sol apenas daba. Pidiendo palabras a las miradas y miradas donde sólo pueden llegar palabras. Sin tener clara la respuesta, a la boca de la cueva, y sin poder escribir más nada.

Démosle un mes más.

3/1/10

¿Qué se cuece en el cocido?

Nada de esto hubiera ocurrido si la casualidad de la mano de Madre no los hubiera elegido para meterlos a los dos en la misma cesta de la compra. Ella, una hermosa patata de huerta, toda formada por lindas curvas. Él, una elegante y distinguida zanahoria rebosante de sanas propiedades.
La misma casualidad quiso que se conocieran en el fondo de la cesta, en la intimidad que le otorgaba una caja de cereales que yo mismo les eché encima. Aunque ambos admitieron después que ya se habían puesto los ojos encima estando en las estanterías del supermercado.
La presión que en el fondo de la cesta recibían de los otros alimentos les permitió no tener que evitar el abrazo. El señor zanahoria encontró un hueco en la malla de la patata con el que jugaba, aumentando y disminuyendo la presión, que las tersas curvas pegadas a su piel y las preguntas a quema ropa le provocaban.
Mientras, ella escuchaba atenta sus planes, sus historias y admiraba la valía que expresaba tímidamente cuando él le contaba que quería acabar siendo suflé de zanahoria. La patata acariciaba su perfil y se iba volviendo más y más esponjosa. Tanto, que a punto estuvieron de ser descubiertos cuando la cajera retiró la caja de cereales y se los encontró a los dos con cara de cualquier cosa.
Ese fortuito devaneo se repitió con constancia en los días siguientes. Él era una zanahoria respetada en la despensa y ella una patata dichosa. Encumbraron el frutero, la repisa de la cocina y hasta los yogures se cortaron cuando escucharon los traqueteos del cajón de las verduras de la nevera. Al día siguiente había cocido y esa era, supuestamente, su gran despedida.
Todo habría sido supuestamente así si, de nuevo, la casualidad de Madre no hubiese visto en el programa de cocina las ventajas saludables que proporcionan las zanahorias en los potajes y, de nuevo, selló sus destinos.
Allí estaban ellos, metidos para siempre en una olla Express, condenados al futuro. Notaban como se calentaba el agua mientras ella se refugiaba cerca de la cebolla, por si necesitaba una excusa, y él concentraba su valía entre el pedazo de tocino grasiento y el trozo de gallina. Obviándose, a la fuerza ignorándose y avergonzándose a sí mismos mientras las envidiosas judías malmetían. Los únicos que parecían ajenos a tan violenta situación eran los ingenuos garbancillos que se los pasaban como enanos subiendo y bajando por el remolino que provocaba el agua en ebullición.
Pero justo antes de que se condensara para siempre aquella absurdez que trajo una mala interpretación del destino cayó dentro de la olla la pastilla de caldo concentrado que, al disolverse y mezclase en el ambiente, permitió a ambos tomar conciencia de si mismos. Giraron sus cabezas y encontraron sus miradas entre aquel torbellino de felices garbancillos y algún que otro lánguido trozo de apio y se lanzaron a comenzar un nuevo baile con la mente llena de comprensión y la boca de disculpas.
Pero ya era demasiado tarde, la temperatura alcanzó su punto álgido y todas sus intenciones acabaron estrellándose contra los demás condimentos hasta que quedaron totalmente disueltas en la espesura del caldo amarillo.
Verdaderamente, toda esta historia no se hubiera sabido si no se hubiese dado la casualidad de que Madre sirviera a ambos dentro de mi plato. El sabor de cada bocado me transmitía la ilusión, la decepción y la suplica por merecer un final diferente de cada una da las partes. Así que tome la decisión, que se acabado convirtiendo en costumbre, de machacar todos los ingredientes para mezclarlos dentro del plato. Sé que ellos me lo agradecieron en la explosión de sabor resultante.
Recuerdo que aquel día el postre eran boniatos asados, pero juntando mi ignorancia y el conocimiento de esta tórrida historia no me atreví a hincarles el diente.

Para Rebeca, por sus costuras...

31/12/09

La India y el Río

Se habían conocido bañándose juntos en el mismo Río desde que tuvieron uso de razón. Cada uno habitante de una de las orillas y cada uno hijo de una tribu distinta, pero la pasión por el Río les habían convertido en cómplices.
Entre tanto que los chapoteos enraizaban en sus almas les llego la adolescencia y se permitieron conocer el cuerpo del otro con la misma curiosidad que descubrían las trasformaciones que el empuje del Río causaba en el paisaje que les vio nacer. Pero con esta nueva madurez, llegaron las exigencias de sus respectivas tribus, obligándolo a él a emigrar río arriba para pelear en alguna de las guerras de honor que definen a los pueblos mientras ella quedó en silencio, junto al Río, esperándolo.
Como buen amigo, el Río le trajo noticias antes de que lo hicieran los mensajeros, la coraza del Indio desgajada por golpes que habrían de ser mortales de necesidad. Ella definitivamente quedo muda, el dolor le hizo olvidar el lenguaje de aquellos que le habían arrancado a su otra mitad.
Y ya, para siempre, sólo le quedó el Río, como vínculo extraño con el Más Allá. Se sumergía desnuda durante interminables noches en las que se le escuchaba reír y chapotear y pasaba los días en silencio, de espaldas a las rutinas de su Pueblo, y sumida en una dulzura difícil de explicar.
Nadie se acuerda cuándo desapareció porque ya hacía tiempo que ya nadie la echaba de menos. Pero aún, en las noches claras, cuenta su Pueblo que se le escucha reír y chapotear.


(HISTORIAS DE ALMAS VENCIDAS)

Feliz año Clau!

30/9/09

La Trilogía de las Musa-arañas

O de cómo se habla a alguien sin corazón

Y volví a su despacho, fría mesa de por medio ante mi necesidad. Ella como siempre ausente, endiosada, gesticulante sin sentido de proposiciones evanescentes, de inutilidad conseguida en base a meritos que querían obligarme a rogar en esta cita que para ella no existiría nunca y que para mi llevaba existiendo desde que presentí que me iba a tocar.

-¿Cómo le invento un corazón para que me escuche? ¿Cómo voy a meterlo dentro de este terminal pseudo-burocrático? ¿Cómo voy a poder dejarlo ahí, latiendo, si no es con parte de mi sangre para que le insufle vida al recordarme?

Hice papiroflexia con mi cara de expediente tratando de recordarle a su padre, a su hermano, a su hijo… (Jamás se me hubiera ocurrido recordarle a su marido). Y así, de la puta mas reina (véase yo) a la reina más puta (véase ella) logré comunicarme con mi propio corazón.

Pidiose después perdón por solicitar lo que es de uno y, a pesar de las promesas, aún me duró la cita hasta que se confirmaron los resultados. Supongo que es el castigo que me queda por olvidarme a veces de mi propio corazón.

O de cómo se prepara el invierno

Preparando el invierno releí todo lo que tenía escrito, me acordé de a quien besé y a quien no besé (besar es un eufemismo), me quedé quieto un momento para comprobar dónde me dolía y lo anoté. Algún día haré algo con esa lista.

O de cómo el cuento corto no se me quedó corto

Corto.

23/9/09

Alma y Máquina

Agarro el teléfono y llamo, desde dentro de mi engranaje al interior de tu engranaje, de tú a tú y de igual a igual. Me chivo y susurro que algo va mal, que no nos respeta. ¡Qué me digas dónde tengo que meter los brazos para hacerla parar!

(Gracias L.)

16/9/09

Tonos

La habitación era tan cargante que para respirar tuve que abrir la puerta. Todo ese mate de la pintura que me hacía verlo todo tan azul. Aquellos absurdos jarrones que coleccionaban flores tuertas. El mate de la calle era tan azul que pensé en ponerle puerta...